jueves, 3 de abril de 2008

AbriL

Todos sabemos que unas vacaciones no pueden ser eternas, y por eso estoy yo aquí, escribiendo, acabando con estas vacaciones que me he tomado con el blog y que acaban al mismo tiempo que mis vacaciones de Semana Santa. Y así, como suele hacer el tiempo, disimuladamente, sin darnos apenas cuenta de ello, ya estamos en abril.

Me gusta el mes de abril, siempre he tenido especial empatía por este mes sin saber muy bien porqué. Quizá sea porque comienzan a verse los primeros rayos de sol, las primeras flores, aunque también con ello llegan los primeros estornudos de las primeras alergias. Con abril llegan también las tardes interminables de lluvia, pero también las tardes interminables de tirarse en la Plaza Mayor o en Anaya en Salamanca.
Me gusta la fecha del 14 de abril porque tal día como ese, en 1931, España se despertó siendo republicana. Llegaron las ilusiones y las esperanzas de muchos españoles que lamentablemente se vieron más tarde truncadas, pero fue en abril...
A este mes se refieren buenas canciones: Quién me ha robado el mes de abril, de Sabina, o Abril, de La Fuga, también el 20 de abril de Celtas Cortos...
Y es en abril precisamente, la época del año en la que más cumpleaños tengo, mucha de mi gente más cercana cumple años por estas fechas. Desde aquí, felicidades a todos ellos.

Ahora tengo que hacer una cosa: disfrutar de abril... y actualizar más a menudo.



domingo, 27 de enero de 2008

Domingo

Los domingos en Salamanca no son especialmente agradables para mí. Se me antojan largos y aburridos, y no porque no tenga nada que hacer, sino porque en mi casa los domingos han sido especiales toda la vida. Un día para compartir con mis padres y mi hermano, mis primos y mis tíos, y si echo la vista un poco más allá, para disfrutar de mis abuelos. Pero con eso de que vamos creciendo las cosas van cambiando, no nos queda otra más que conformarnos con lo que hay y disfrutar de ello al máximo.

Hoy, en Salamanca, un domingo cualquiera si no fuera porque tengo que ponerme a estudiar en cuanto acabe de actualizar mi blog (a ver si rompo de una vez por todas esta rutina de no actualizar muy a menudo), he ido a comprar pronto el periódico y mientras lo devoraba he tomado mi café mañanero de rigor. Y es que a pesar de todo, los domingos no están tan mal, el periódico viene más rellenito, trae más cosas y además de vez en cuando nos regala algo por un euro más para llenar las estanterías.

Acostumbro a empezar a leer el periódico por la contraportada, una manía tonta que puede explicarse por mi gusto a las columnas diarias de El País. La de hoy, de Manuel Vicent (me quedo con las de Millás). Hoy, además, al lado de la columna se encuentra un Labordeta más paisano que nunca, un Labordeta que dice estar cansado “ideológicamente”. Y es que ser político digo yo que debe suponer un desgaste considerable, además de ser un deporte de riesgo. Aunque también es verdad, que a pesar de que aún quedan unos meses para las elecciones todos estamos un poco cansados ideológicamente. Pero sirva este cansancio para que los ciudadanos salgamos a votar el día 9-M y lo hagamos con la cabeza, pensando en nuestro futuro y en aquello que más nos conviene: un gobierno, con sus fallos y sus éxitos, como el que hemos tenido estos cuatro años, o un gobierno, con su Iglesia y sus falacias, como el que nos propone una derecha que parece sacada del turnismo de principios del siglo XX [como dice también hoy Santos Juliá en su columna del suplemento Domingo de El País: “(...)el PP, no cualquier PP, sino el de Rajoy-Acebes-Zaplana(...)” ].

Yo de momento voy a continuar con mi domingo, con mi periódico, con mis apuntes y con mi café. Sola, como Gallardón. Pero sin cansarme ideológicamente, consciente de que mi futuro, nuestro futuro, depende de algo tan simple y tan complejo como somos nosotros mismos.
Feliz domingo.

jueves, 24 de enero de 2008

El lugar donde la pared se junta con el techo.

Interminables horas de biblioteca. Mejor no pararse a pensar si han sido productivas o no, lo cierto es que he estado sumergida en la historia del siglo XX de España y más tarde en el mundo de la radio. Después, con sutileza, mi mirada pasó de los folios a ese lugar donde la pared se junta con el techo y de ahí me fui hasta las nubes. Sí, sí. Así de simple, es increíble la capacidad de imaginación que te puede otorgar la biblioteca una vez que llevas en ella un buen rato y las manillas del reloj se antojan cansadas y deciden detenerse. Cuando me quise dar cuenta, estaba en qué se yo donde y decidí salir a llenar la botella de agua por aquello de despejar la cabeza. Por el pasillo me encontré tráfico de apuntes, miradas abstraídas, y por si fuera poco, al espabilado de clase que me contó, cual cotorra que acaban de abrir el pico, lo bien que se sabe todo el temario del próximo examen. Me senté, volví a mirar a ese lugar donde la pared deja de serlo, miré qué estudia el de al lado, hice un tímido garabato en la esquina de la primera hoja que encontré y pegué un resoplido que hizo que el chico de mi izquierda me mirara y pensara: “No te queda nada”.
Preparé la mochila apresuradamente, como si de repente me hubiera acordado de que tenía cita con el sofá desde hace media hora y no me había dado cuenta. De camino a casa, por aquello de despejar la cabeza de nuevo, decidí pasar por la librería (¡Ya ves tú qué paradoja! ¡Salir de la biblioteca para meterme en la librería!) y amenizarlo todo ello con Calamaro en mis oídos. Eso ya era otra cosa: respirar aire, escuchar música, leer algo que no esté meticulosamente subrayado ni con escritos al margen. Llegué a casa con un libro más debajo del brazo, también tarareando una canción, se ha acabado el día. Mañana, de nuevo, la misma historieta.

Ánimo con los exámenes, amigos.

viernes, 4 de enero de 2008

Buen trabajo




IV Concurso literario Rafael Alberti, el I para mí. Junto a un grupo de amigos y compañeros, comencé a caminar hacia la noche del 3 de enero con la intención de llevar a cabo una velada literaria para acompañar la entrega de premios de dicho concurso. No tuvimos el tiempo que nos hubiera gustado para organizarlo, aunque parece ser que sí el necesario para que muchos de los que allí estaban se fueran con ese buen sabor de boca que dejan los versos de la generación del 27.
Entre nervios, cigarrillos, olor a café y alguna que otra mirada al reloj, comenzó la velada. Poco a poco fueron sucediéndose los versos de una generación que tan bien supo poner “sonido al silencio”. Machado, Neruda, J. Guillén, M. Hernández... ocuparon por unos minutos las sillas del Café Diario para regalarnos sus mejores versos y recordar así la época de nuestro país que les tocó vivir.
Enhorabuena compañeros. Un día os dije aquello de “Ganemos o perdamos la próxima batalla la quiero a vuestro lado. Buen trabajo” y hoy tengo que volver a decirlo. Esta vez nos ha tocado luchar en una batalla mucho más entretenida y agradable, y también nos ha tocado ganar.

¿Para cuándo la próxima?

sábado, 29 de diciembre de 2007

octubre, noviembre, diciembre... Enero, febrero, ...

Como cualquier otro día de vacaciones te levantas con la pereza a cuestas. Subes la persiana y encuentras los tejados blancos. “¡Menuda helada!”, piensas. Miras el calendario y te das cuenta de que ha pasado un año, prácticamente inadvertidos han ido desvaneciéndose los días entre mil aventuras, “y yo sin darme cuenta”. Resulta que sin saber cómo ni porque, tus ojos se han abierto y parece que has despertado, no pareces la misma persona que se levantó hace apenas tres minutos. La única diferencia entre aquella persona y la que eres ahora, es que así, de repente, sólo con mirar una hoja llena de números y tachones de bolígrafos de diferentes colores con mil tareas y citas (unas cumplidas y otras olvidadas aún estando impresas), una prefería matar el tiempo en la cama y otra se había dado cuenta de que este pasaba muy rápido.
Decides hacer un esfuerzo supino y mirar hacia atrás para hacer un “balance” de esos que suele hacerse uno cuando acaba el año para continuar con una serie interminable de buenos propósitos que quedarán en eso, en una declaración de buenas intenciones que pasarás de largo una vez llegue el nuevo año. En esas estás, recordando lugares, momentos, personas... Y te detienes en un recuerdo que te duele, intentas pasar a otro, pero te duele, no puedes. Hay momentos que guardas en el anaquel eternamente y por muchas limpiezas que hagas, por muchas cosas que olvides, ese trocito siempre permanecerá en él ahí. Nadie podrá quitar nunca su huella del anaquel de tu memoria. Pero lo mismo sucede con los buenos, con los muy buenos, que arrancan tu sonrisa cada vez que los recuerdas y te dejan un sabor a nostalgia.
De nuevo, sin querer, mientras tu mente vagabundea por tus recuerdos y tu mirada busca algo con lo que aliviar el dolor de algunos de ellos por una pared blanca, en la que también se nota el paso del tiempo, tropiezas de nuevo con las hojas del calendario. Apenas quedan unos días para arrancar ese pedazo de cartón y dar paso a otro nuevo...

Feliz 2008 a quienes me leéis.


jueves, 22 de noviembre de 2007

Un grande de la cultura


¡Adiós, genio!

Suele decirse que donde hay genio hay ingenio, y no lo dudo. Toda una muestra ha sido Fernando Fernán Gómez (Lima, Perú, 21 de agosto de 1921 – Madrid, 21 de noviembre de 2007), una figura destacada en el mundo del cine, del teatro y de la literatura que ayer nos abandonó a los 86 años de edad, dejando tras de sí todo un legado cultural digno de admiración. Le vimos en películas como La Colmena (Maria Camus, 1983), Belle Époque (Fernando Trueba, 1992), El abuelo (José Luís Garci, 1998), La lengua de las mariposas (José Luís Cuerda, 1999), y todo un sinfín más de largometrajes donde dio vida a personajes de toda índole. Su huella en el cine no acaba aquí, también fue director de películas como El viaje a ninguna parte (1983), Lázaro de Tormes (2001) o la televisiva serie Fortunata y Jacinta (1980). El teatro era otra de sus pasiones, y en este ámbito aportó también varias obras, de las que cabe destacar Las bicicletas son para el verano (1984).

Su carrera y profesionalidad se han visto reconocidas con premios como los Goya o el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. Ocupó el sillón B de la Real Academia de la Lengua, su dominio de la palabra nos dejó boquiabiertos en más de una ocasión. Su talento le convirtió en todo un hito para nuestro país y también en Latinoamérica, tierra a la que siempre estuvo muy vinculado tanto por su nacimiento como por sus amores.

Hoy lloran las tablas de los teatros, los guiones cinematográficos, las salas de cine, las letras del abecedario, las palabras... Hoy nos ha despedido a ritmo de tango, con sabor a versos de Rubén Darío, en el teatro, como solo saben hacer los genios...



lunes, 19 de noviembre de 2007

Son esas tardes de otoño...

Cuando hace frío tenemos una tendencia a permanecer en casa, a realizar una simbiosis con el sofá y permanecer encerrados como si la lluvia o el frío fueran a acabar con nosotros. La pereza parece que se hace más pesada y el cielo gris poco invita a dar un paseo. Pero hoy, a pesar de que el cielo de Salamanca lleva todo el día amenazando a lluvia y dejando caer sobre unos cuantos desprevenidos suaves gotas de agua, yo he roto con la simbiosis del sofá y me dispuse a caminar un rato. En mi paseo no tuve otro acompañante más que el paraguas, y juntos observamos cómo sienta el otoño a la piedra de Villamayor y a las orillas del Tormes. Éstas resultan ser un auténtico espectáculo de ocres en el que la danza la ponen las hojas, que caen con la misma sutileza con la que pasa el tiempo y el murmullo del agua parece acallado por el agua que cae sobre el cauce. Y así, escuchando las gotas de agua, sintiendo la textura resbaladiza de las hojas que van humedeciéndose con la lluvia bajo mis pies, di un paseo por el río y también por mi misma. Quizá sea la melancolía que nos produce la lluvia, la nostalgia de los ocres, la soledad del otoño, pero todo ayudó a mi mente a abandonar por unos minutos ese caos que en muchas ocasiones parece rodearnos y sumergirme en mi propio caos. Pisar con fuerza un charco sin importarnos que el agua llegue hasta las rodillas... Tirar una piedra al río para romper la tranquilidad de su cauce... Intentar desprendernos del otoño a la fuerza es imposible, lo mejor será dejarlo pasar y que vayan cayendo nuestras hojas poco a poco...